Lo conocí cuando tenía 14 años. A los tres meses de relación comenzaron las amenazas y las prohibiciones. Nada de sacarse fotos con escotes o remeras apretadas, tampoco sacar la lengua o “mirar a la cámara provocativamente”. Nada de agregar gente a Facebook ni de gastar crédito en el celular. También quería que dejara de ir a inglés particular y al gimnasio.

A medida que pasaba el tiempo, la violencia se volvía a ser física. Empezaron los tirones de pelo, los golpes, y los pellizcones en brazos y piernas. Después de cada episodio me pedía perdón, me compraba regalos y me hacía la merienda. Se volvió como una rutina.

Cuando íbamos a su casa después del colegio me obligaba a practicarle sexo oral, después me metía en un taxi y le decía al chofer que me llevase a mi casa y que no parara en ningún otro lado. Pagaba él, por supuesto, ya que siempre decía que era su deber como hombre.

Él siempre juraba que iba a cambiar porque me amaba, pero la realidad es que las escenas que protagonizaba se volvían más continuas. Mis moretones se hacían cada vez más difíciles de esconder. A pesar de eso, yo siempre le creía, supongo que estaba tan apegada que no quería perderlo.

Cada vez que me tiraba del pelo yo intentaba defenderme clavándole las uñas en sus manos, a su vez, le pedía que por favor me soltara porque me estaba haciendo daño. Un día me contestó que si yo dejaba de clavarle las uñas, me soltaría. Entonces lo hice, pero comenzó a tirar más fuerte porque, según él, me lo merecía por haberle hecho daño.

Inconscientemente me estaba poniendo yo también en un rol violento, me asustaba pensarlo.

Cada vez que decía que iba a dejarlo, me amenazaba. Me decía que si lo dejaba iba a decirle a mis padres cuanta barbaridad se le ocurra, también que si no estaba con él me quedaría sola. En cierto modo tenía razón, ya que me había alejado de todos mis amigos y conocidos.

Hubo una vez en la que me golpeó en la cara. Yo no solía llorar cuando me agredía, sólo lo hacía cuando las agresiones duraban lo suficiente como para no aguantar más el dolor. Pero esa vez si lloré, casi al instante. No podía creer que mi pareja me haya golpeado en la cara tan tremendamente.

En el colegio las agresiones ya se hacían evidentes, tanto que a la gente ya no le llamaba la atención. En una oportunidad, en la sala de computación, me clavó un elemento metálico en la pierna. Como no aguanté el dolor le dije a los compañeros que estaban cerca que él me estaba lastimando, pero me dijeron que estaba loca y que un chico tan copado como mi novio no sería capaz de hacerme algo así, hasta insinuaron que me lastimé a propósito. Aún conservo las marcas, mis vasos sanguíneos se rompieron y quedaron “arañitas” en el lugar. En otra ocasión, me desparramó literalmente una porción de torta en el pelo, y como seguía “portándome mal”, me la desparramó también por la cara. Fui al baño llorando y mis amigas me ayudaron a limpiarme.

Así pasaron los años, uno, dos, tres, y medio más.

Las amenazas y golpes nunca cesaron así que decidí contarle a un amigo lo que estaba pasando. Corté pero a los dos meses ya estaba volviendo con él. En cuanto se enteró mi amigo, me mandó un mensaje que decía: “¿Qué haces volviendo con un hombre que te pega?” Tuve la suerte de que mi mamá lea aquel mensaje. Ella no podía creerlo, mis padres hablaron conmigo y me prohibieron volver a verlo o a hablarle en la escuela. También hablaron con sus padres y les dijeron que no querían que su hijo me viera más.

Durante un tiempo lo seguí viendo a escondidas.

Después, mis padres, me obligaron a hacer terapia en un centro de violencia hacia la mujer, le abrieron una causa y lo denunciaron. Les rogué que no lo hicieran pero obviamente fueron igual. Empecé terapia con una psicóloga muy atenta y comprensiva, era su primer paciente menor de edad, de hecho era la chica más joven que habían recibido en el lugar.

Él quería seguir viéndome entonces me dejaba encerrada en su casa, no me dejaba salir. También me obligaba a estar en el teléfono durante horas, hasta que llegaba mi madre de trabajar, para asegurarse de que no esté haciendo otra cosa o con otro chico. Estaba presa, y ciega, porque a toda costa quería seguir con él.

Avanzada la terapia y habiendo cumplido 17, las idas y vueltas de la relación eran constantes, tanto que decidí terminar. En este tramo conocí a varios chicos pero casi por arte de magia me dejaban de hablar. Resultó ser que mi ex conseguía sus direcciones e iba a amenazarlos en patota, con cuchillos y otras armas.

Para mis 18 me envió una carta larguísima, diciendo que me amaba y que él ya sabía que yo estaba con otros hombres, que le alegraba y que no nos haría nada malo. No respondí.

Un par de meses después empecé una relación seria con un chico. Él y sus amigos comenzaron a hacernos la vida imposible, nos vigilaban a toda hora y me enviaba mensajes de texto diciendo cosas como: “Se cómo estas vestida” o “Que lindo te queda puesto eso”. Yo ignoré sus amenazas y seguí adelante con la relación, sabía que debía mantenerme fuerte.

Cuando cumplí 19 llegó otra carta, esta vez decía que me iba a dejar en paz, y así fue. No volví a tener noticias de él. Cada vez que mis amigas se lo cruzan sólo se limita a preguntar como estoy.

De esta relación me llevo muchos aprendizajes. Aprendí a detectar actitudes y gente violenta; a no consumir drogas, después de ver el daño que a él le causaban; y por sobre todo, a respetarme a mí misma.

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