9 de la mañana. Mayo en Capital Federal. Esperaba el colectivo. No tenía frío porque en esta ciudad nunca hace frío en serio. Mi nariz estaba un poco rojiza. Nada fuera de lo normal. Estaba presente ese sol mañanero semi-invernal.
Era un día común para mí. Alguna grosería me habían dicho al pasar, pero me había logrado escudar con mis auriculares.

Lo vi venir. Abarrotado. Todos pegoteados adentro, como si ese vehículo fuera un microclima en medio de un otoño que no se quiere hacer sentir. Tan pegados que no cabe ni una aguja entre sus cuerpos. Me subí.

Realmente sentí que era un día más de muchos. Avanzaba el colectivo, y a pesar de la presión que los otros cuerpos ejercían sobre mí, yo estaba bien.

Franz Ferdinand sonaba en mis oídos. Miraba la calle y pensaba en todas las cosas que tenía que hacer… Llegar, ir a la clase, comer con amigos, capaz estudiar, o… Pará. Perdón pero un olor dulzón interrumpió mis pensamientos. Como cuando se pudre una fruta, y esa suerte de destilación alcohólica se hace sentir. ¿En serio el chico que estaba prácticamente pegado a mí no se habría bañado?

Sentí una leve caricia en el hombro. Como si alguien estuviese a punto de contarme un secreto. Un secreto muy íntimo.

Pero nadie venía a contarme un secreto. Y ninguna fruta se había podrido. En efecto, ese aroma y esa caricia salían disparados del cuerpo de un hombre. Un robusto señor. De ojos rojos, tanto como mi nariz aquella mañana, con una bolsa abarrotada de objetos en una mano, en la otra un pan. Los ojos inyectados en sangre, penetrándose en mí. Me trasladé de lugar a la vez que pensé “pobre tipo, realmente está muy mal”.

Siguieron pasando los minutos. Me volví a sentir normal, un poco observada, pero normal. Seguía ahí, parada, con la música sonando en mis auriculares. Mirando hacia adelante. Después de ese breve lapso mis pensamientos se reanudaron. Como un engranaje que se frenó de golpe, pero ya está volviendo a arrancar. Las piezas están volviendo a encajar, unas con otras, dando lugar a nuevos pensamientos que rebotan en mi mente.

Sentí que alguien quería darme un abrazo… O al menos, tenía la intención de hacerlo.

En realidad no era un abrazo. Era ese robusto señor, que ahora se abalanzaba lentamente sobre mí. Quería que yo sintiera su poder, su hedor, sus ojos rojos que me desvestían. Me preocupé, igual no era nada grave: la civilidad estaba ahí, atestiguando los hechos, actuando como una especie de barrera para el acosador…¿Verdad?

Me desplacé de nuevo. Ya mi corazón hacía sentir sus galopantes latidos. Me dije a mí misma “no es nada, dejá de hacerte la cabeza”. Igual me sentía desnudada por esos ojos. Pero trataba de no prestar atención. La indiferencia mata, o algo así me dijeron alguna vez. No en este caso.

¿Por qué sentía que alguien me estaba hablando? El volumen estaba alto. No escuchaba nada. Pero veía manos, brazos que se extendían, pupilas que me miraban, movimientos que iban dirigidos hacia mí. Sí, definitivamente me hablaban a mí.

¿Qué me decía? No oía. Ni tenía ganas de hacerlo. Tenía mí música. Sonaba uno de mis discos favoritos, y ese día, no quería escuchar lo que alguien tenía para objetar sobre mí. Igual me intrigaba. No lo podía negar. Tuve que pausar.

Gritaba y expresaba libremente, que yo le daba muchas ganas de coger… Esto es grave, ¿no? Estaba tratando de vivir el día, tratando de viajar en colectivo, tratando de ir a estudiar, pero aún así estaba generando muchas ganas de coger. ¿Era mi culpa? ¿No estaba siguiendo correctamente los diez mandamientos para “no ser violada ni acosada”? ¿O era que simplemente ese hombre ventilaba por su boca con olor a fruta demasiado madura, sus ideas sexuales más profundas, como si fuera natural, poco abusivo, y socialmente aceptado? Preferí volver al aislamiento musical. En serio, me sentía mejor ahí.

Ahora muchas pupilas me estaban mirando. ¿Yo qué había hecho? ¿Por qué no lo juzgaban a él? ¿Por qué nadie me venía a socorrer? ¿Por qué no descalificaban su actitud, sus groserías, sus gestos, sus intenciones? ¿Por qué los ciudadanos me traicionaban así?

Busqué amparo en una compañera. Una par. Yo sé que ella sufre cosas como yo y como todas, día a día, una inyección de la dosis más cruda de machismo, para que no nos falte nunca en nuestra cotidianidad. ¿Por qué me respondía con indiferencia, cuando le pedía que por favor no dejara que ese hombre se me acercase? ¿Por qué ahora yo estaba cumpliendo el papel de loca? ¿O es que acaso nadie quiere comprometerse? “No te metas, vas a terminar mal” nos enseñaron los represores alguna vez. Lo pensé pero no lo dije. Lágrimas en mis ojos. Cerré un puño con bronca. Esa bronca que te genera la impotencia, el no poder actuar, y que nadie quiera actuar. Esa.

Me rendí y me fui al fondo del bus. Por lo menos para escudarme. Alejarme del foco de atención fue la solución inmediata. Como una presa que escapa cuando siente miedo, al ser acechada por su potencial cazador. Porque el machismo es un poco así. Esa cacería constante del hombre hacia la mujer. Esa sed de demostrar su poderío sobre nuestros cuerpos. En todo momento. En todo lugar.

(Visited 300 times, 1 visits today)